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El estado de la cuestión de los estudios teatrales áureos:
investigación y formación universitaria
 

Análisis de la encuesta de TeaPal

 

Alfredo Hermenegildo, Université de Montreal, ahermenegildo@videotron.ca

Javier Rubiera, Université de Montreal, javier.rubiera@umontreal.ca

Ricardo Serrano Deza, Université du Québec à Trois-Rivières, ricardo.serrano@uqtr.ca

 

Teatro de palabras ha querido sacar la foto de una realidad incuestionable, o sea, algo que está ahí y que juega un papel (ya salió la expresión) tanto en investigación como en educación (incluida la secundaria, claro) y en cultura (popular, ¿por qué no?): una realidad llamada estudios teatrales áureos. ¿Una realidad o muchas realidades? Más bien lo segundo: un mundillo diverso pero no disperso, nada extraño —como puede observarse en esta encuesta— a las preocupaciones por la presencia de Lope o de Calderón en los planes de enseñanza.

Esta foto no es necesariamente la única posible, pero sí una muestra representativa y actual de la enseñanza y la investigación sobre el teatro del Siglo de Oro. Nacido al hilo del correo electrónico, alrededor de la pregunta sobre el futuro inmediato de nuestros estudios en la década de 2010, el proyecto nos pareció susceptible de apuntar algunas pistas útiles para todos quienes dedicamos nuestros afanes al estudio de este campo de nuestra cultura. Más concretamente, pensábamos en los jóvenes investigadores, en los doctorandos y en los estudiantes de máster (¡qué horrorosa palabra, que podría remplazarse muy adecuadamente por la de "maestría", que goza de buena salud entre las universidades latinoamericanas e incluso en los hábitos académicos del hispanismo canadiense-francés), nuevas cohortes que podrían inspirarse en las opiniones de otros colegas más aguerridos, por no decir más experimentados.

Acudimos a una serie de especialistas para que nos dieran, por escrito, su opinión y nos mostraran su estado de ánimo. No nos confundimos. Esa es nuestra opinión. Hemos recogido un muestrario de reacciones que trazan los contornos, no siempre coincidentes, de un ejercicio profesional marcado por la pasión del saber, por la necesidad de llevar más lejos, de agrandar, las fronteras del conocimiento, y por la inestimable devoción a esta parte de la cultura española que es el teatro de los siglos XVI y XVII.

El resultado es una suma considerable de reflexiones que van desde la afirmación de soledades y originalidades personales, hasta la constatación de la existencia de una aventura colectiva, la de la investigación sobre este imprescindible teatro, marcada por los desafueros "científicos" y las presiones ejercidas burocráticamente sobre el modo de ejercer la profesión universitaria y sus múltiples contingencias.

No vamos a resumir en estas líneas los contenidos de las respuestas que han dado nuestros consultados. Sus textos están ahí y pueden verlos y analizarlos quienes sientan interés por el asunto. Pero sí queremos poner de relieve ciertos aspectos que pueden resultar interesantes y sugerentes para seguir adelante con nuestros proyectos personales o colectivos, para plantar otros nuevos o rectificar y salpimentar lo que nos traemos entre manos. Vayamos por partes.

Desde el punto de vista más material de la cosa, se establece una clara diferencia entre la preparación y presentación de una clase y las que presiden la confección y la "predicación" de una ponencia científica. Bien es cierto que una y otra deben alimentarse, en parte al menos la primera y totalmente la segunda, de nuestras propias investigaciones. La lección en el aula tiende a informar y a despertar una conciencia crítica en el estudiante. Si la clase se hace sin texto escrito, la ponencia, en general, prefiere leerse, aunque hay colegas que, dentro del modelo de la lectura, prefieren darle un aire algo teatral para mantener vivo el contacto con el público. Y hay quienes, según la complejidad del tema, optan por la lectura o por la presentación más libre. En todo caso, la presión del tiempo en el caso de la ponencia impone casi siempre un cierto tipo de lectura del texto, lectura en la que se puede echar mano de modismos y excursos para enganchar la atención del público "espectador", o "que se lea de tal modo que no parezca que está leída". El ejercicio de presentación es, para algún colega, casi la representación teatral de un monólogo. Más de una de las respuestas rechaza la lectura directa. La forma y manera de organizar el texto y preparar su construcción, varían de unas a otras personas.

Un punto sobre el que todos se pronuncian es el uso de las notas integradas en el texto —al estilo de la MLA, por ejemplo— o el recurso a las notas a pie de página, mucho más propias de la tradición filológica del "antiguo régimen" que de la presión ejercida por las revistas propias de las ciencias exactas. Cada uno ve ventajas e inconvenientes, aunque viene a imponerse una especie de praxis ecléctica que varía según las necesidades y que en ciertas ocasiones se convierte en una fórmula anárquica que habría que serenar y homogeneizar.

De los elementos claves que deben aparecer en todo trabajo fruto de la investigación están la claridad expositiva, la aportación de elementos importantes que no se limiten a repetir lo ya sabido, el recurso a una bibliografía actualizada, el rigor en todo el ejercicio, el desarrollo coherente y no divagatorio, la claridad en la exposición, una buena escritura y una conclusión que cierre el trabajo y lo justifique como algo relevante. La necesidad del recurso a la interdisciplinaridad se impone cada vez más. Una llamada al orden: la excesiva erudición puede resultar inútil y molesta, como puede resultar insoportable y rechazable el volver a decir las cosas ya sabidas. Un buen artículo abre nuevas perspectivas de futuro para mejor comprender el teatro del Siglo de Oro y, en general, la literatura áurea.

Respecto a los vehículos de publicación, las opiniones son muy variadas. Al tiempo que se invoca la progresiva desaparición de las buenas revistas de tipo general, se señala la presencia cada vez más abundante de las que son monográficas e hiperespecializadas ( Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Calderón, etc.). En todo caso parece que atraviesan un período de reajuste, al que no es ajena la aparición de las publicaciones en línea, cada vez más numerosas y eficaces. No lo decimos por exceso de vanagloria, pero Teatro de palabras está muy presente en esta época de transición. De todos modos, la aparición de las revistas en la red, por su manejo, su bajo costo de elaboración, su accesibilidad para ser consultadas, es un fenómeno que viene a superponerse a la carestía de las publicaciones en papel y a sus enormes exigencias para las bibliotecas universitarias en términos de espacio y de gestión material. La revistas electrónicas, por su parte, han quedado confrontadas en el pasado a repetidos cuestionamientos por parte de ciertos organismos de evaluación de la investigación. Es este un problema grave que aparece en varias de las respuestas que nos han llegado. Aun teniendo en cuenta todo lo anterior, el gusto de tener en la mano el objeto impreso y el olor a tinta sigue siendo algo que marca algunas de las respuestas. Respecto a la publicación de libros en papel, tal opción parece insustituible. No así la de las revistas.

Un aspecto sobre el que todas las personas se han pronunciado es la presencia de actas, homenajes y libros colectivos. Para unos, tales publicaciones se han transformado en obras de referencia. Para otros, dichos formatos han sido rechazados por los "sabios oficiales" y por las comisiones de evaluación que se apoyan en los llamados "índices de impacto", importados en bruto desde el modelo del mundo anglosajón de las ciencias exactas, lo que perjudica notablemente al investigador español del sector de las humanidades. En general, las actas de coloquios y congresos se valoran positivamente en las respuestas si los trabajos publicados han pasado por el tamiz de comités de lectura tan exigentes como los que controlan la calidad de las publicaciones en revistas de renombre. Los homenajes tienen otra función y pueden no responder a tanto rigor en el juicio sobre la envergadura científica de los trabajos en ellos incluidos. Algún colega preconiza radicalmente la autoría única de cualquier publicación que no sea una revista. A este respecto, señalemos que parece observarse una contradicción entre, por un lado, la creciente pluralidad y diversificación de "lugares" —y por tanto oportunidades— de publicación y, por otro lado, la presión del actual sistema de evaluación del profesorado y de los proyectos de investigación para publicar en aquellos lugares bien identificados e indizados, no siempre con criterio razonado, como los sobresalientes de la disciplina. Habrá que observar atentamente cómo se desarrolla el conflicto entre ambas tendencias en los próximos años, pues sin duda tendrá un fuerte impacto sobre el modo de hacer públicos los resultados de la investigación. Entre otras cosas: ¿seguirá creciendo, como indica uno de los encuestados, el "ruido" generado por el exceso de publicaciones? ¿desaparecerán progresivamente las actas de congresos camufladas bajo el aspecto de libros con distintas colaboraciones? ¿será cierto que los mejores artículos se publicarán en las revistas identificadas como excelentes por los comités y agencias de evaluación oficiales?

La edición de textos áureos es uno de los puntos más tratados por las respuestas de nuestros consultados. En general, se afirma que las ediciones críticas han mejorado en cantidad y calidad, aunque a veces se nota en ellas un descuido poco respetable. Por ser de difícil publicación, a menos que se consigan subvenciones de las instituciones oficiales, la mayor parte de las ediciones críticas recogen de modo casi general sólo ciertas obras de algunos autores consagrados. Lo que hace decir a alguien que "es un aburrimiento". La carestía de la edición en papel hace que se prevea la publicación electrónica en un futuro inmediato, aunque a más de una persona le siguen gustando los libros impresos.

Los centros de interés de nuestros consultados son varios y numerosos casi como las estrellas del firmamento. Lo que nos parece lógico. De todos modos surge una serie de líneas de fuerza y de objetivos de investigación que podrían quedar recogidos someramente así:

•  estudio y edición crítica de textos dramáticos áureos, en algunos casos con una reconstrucción de la puesta en escena primordial;

•  preocupación por el necesario trabajo sobre dramaturgos de segunda o tercera fila;

•  historia del teatro; estudio de la representación de la vida diaria y material en las comedias clásicas;

•  economía del fenómeno teatral;

•  el teatro religioso del XVI y XVII;

•  la segmentación del texto y la relación entre la estructura dramática y los usos métricos correspondientes;

•  teoría de la práctica escénica;

•  recopilación y análisis de carteleras, críticas de teatro, epistolarios, historias de los locales teatrales, reconstrucción de la puesta en escena, dimensión social del texto dramático y de la escenificación, la puesta en escena de textos áureos en la época actual;

•  estudio de personajes; controversia ética/censura;

•  estudios intermediarios (cine/literatura, etc.);

•  la recepción de los textos dramáticos y de su escenificación;

•  estudios de los géneros (dramáticos, teatrales, literarios);

•  las técnicas del actor en cada género dramático; léxico y diccionario histórico de las práctica escénica áurea;

•  establecimiento de bibliografías.

Aunque la filología ha perdido credibilidad por haber dejado de lado la preocupación por el entorno social de la obra literaria, según alguna respuesta, es necesario bañar el estudio del teatro en las aguas filológicas para conseguir la imprescindible fijación de unos textos que permitan más tarde elaborar los numerosos trabajos que prevén las tendencias encontradas.

Un punto en el que coincide buen número de respuestas es la necesidad de abrir el estudio del teatro áureo al contacto con otros experiencias dramáticas y escénicas de otras épocas y de otros países, sobre todo de Italia, Francia e Inglaterra. En algún momento se apunta la estrechez casi patriótica de quienes ven el teatro áureo como un producto único salido de un entorno que pareciera no tener parangón. Y como corolario de estas afirmaciones, surge la necesidad de abrir el análisis teatral a la interdisciplinaridad y a integrarlo más y mejor dentro de los estudios humanísticos generales.

El interés que pueden tener los estudios sobre el teatro áureo para el ciudadano actual nos llevó a hacer la pregunta de si la reflexión sobre el tema estaba marcada por la convicción de encontrarnos ante un objeto propio de la arqueología. Las respuestas han sido variadas. Desde quien afirma que lo arqueológico no va reñido con una visión actualizadora, hasta quien ve que el análisis del hecho teatral del pasado debe quedarse en el terreno de la virtualidad y nunca dará lo que fue en la realidad de su época al compararlo con la práctica escénica de la nuestra, porque toda representación teatral es única e irrepetible. De tal modo, se afirma que es la representación de hoy la que saca el texto áureo de su condición arqueológica. Hay que observar el teatro áureo desde las prácticas escénicas más que desde el texto mismo. Y en este sentido, no hay diferencia entre el acercamiento al teatro clásico o al contemporáneo. Ningún estudio que se llame crítico es arqueológico si está bien hecho y conecta la experiencia artística del momento pasado con la que vive en el momento actual. El estudioso debe transformar la letra muerta —texto dramático— en letra viva —representación escénica—, para que siga viviendo entre público y directores teatrales. El trabajo de filólogo debe ir mezclado con la misión de intérpretes de nuestra propia sociedad.

Otro de los aspectos que la encuesta contempla es el de las metodologías que han ido apareciendo a lo largo de los años y al hilo de las innovaciones y las modas. Hay quien se autocalifica de historicista, quien no acepta el estudio puramente formal, negando su interés por el formalismo, el estructuralismo o el close reading (a Bajtín se le puede ver más valorado, aunque sólo sea entre líneas). Pero la tendencia dominante es la de considerar que las nuevas, o ya no tan nuevas, metodologías han sido y siguen siendo útiles para el análisis y el conocimiento del teatro áureo. La semiótica continúa teniendo un apoyo favorable entre los críticos, aunque se rechaza, de ella como de otras maneras de estudio, el empleo indebido y disparatado de las jergas al uso y de los imperativos de la moda. Cualquier método puede ser productivo a la hora de hacerle frente a un problema planteado por el texto áureo. A condición de que tal teoría solucione dicho problema y no use la literatura dramática para aplicar, por el gusto de aplicar, ciertos planteamientos teóricos. El eclecticismo parece ser la tendencia dominante. Quizás se dibuje una línea maestra según la cual ha sido el acercamiento teórico el que ha permitido la gran innovación de los últimos treinta o cuarenta años: la necesidad de ver el texto dramático y la realidad escénica como un todo indivisible.

La teoría de la recepción sí parece acusar su presencia en numerosos tipos de estudios de los señalados más arriba, tanto en cuanto a la recepción espectacular en los mismos siglos XVI y XVII como en la evolución posterior de la recepción teatral o de la "relectura" del corpus.

Como corolario al tema de las nuevas metodologías, la encuesta abría el asunto de la brecha existente entre la crítica de Estados Unidos y la de Europa. Los estudios culturales, los estudios de género, el análisis feminista y el neohistoricismo recogen el rechazo de algunos colegas en sus respuestas, aunque un buen número de ellos pone de relieve la necesidad de un mejor conocimiento mutuo. Y, fundamentalmente, que toda metodología puede ser útil si no se abusa de ella y se convierte en un instrumento de intervención divinal, en una ortodoxia capaz de salvar al ser humano y, por ende, al crítico literario o teatral. La brecha entre las dos orillas del océano existe, aunque tal vez sea más ficticia que real. Cualquier enfoque es bueno y no debe ser desdeñado si es inteligente. Es más lo que une que lo que separa las dos orillas del hispanismo. Aunque la falta de formación filológica generalmente prevista en la programación de muchas universidades norteamericanas condicionará la formación de los futuros hispanistas de forma preocupante, según señala con palabras apenas veladas algún colega. El panorama español empieza a parecerse al de los Estados Unidos.

¿Cuál es el porvenir de los estudios sobre teatro áureo y, en general, sobre los estudios literarios y humanísticos? Es la gran pregunta que muchos de los investigadores consultados ponen sobre la mesa. Y las respuestas son profundamente pesimistas. El humanismo pierde garra en la formación de los estudiantes del nivel secundario y, en consecuencia, los programas universitarios no reciben alumnos debidamente formados. La consiguiente penuria de puestos de trabajo para los graduados pone en peligro la existencia misma de un porvenir glorioso para los estudios sobre el teatro áureo. Pero como la esperanza es lo último que se pierde, el deseo de seguir trabajando y de abrir nuevos espacios al conocimiento humano impera en casi todas las respuestas dadas a nuestra encuesta.

El presente y el futuro de nuestros estudiantes: en las respuestas se respira sobre ese punto una clara conciencia de la dimensión social, educativa y profesional de la formación universitaria donde juegan los estudios teatrales áureos. Educar de manera abierta (ya lo decía Ortega comentando la paideia griega), pero también para hacer algo en la vida. ¿Para hacer qué? En la gran mayoría de los casos, para enseñar en la secundaria, en una secundaria donde nuestro teatro cuenta poco y donde nuestros flamantes diplomados tendrán que navegar muchas veces contra corriente para llevar a los jóvenes al teatro o para destapar en la escuela la vida que llevan dentro los textos de Ruiz de Alarcón. Pero leamos, no sólo lo que las respuestas dicen, sino también lo que apuntan o sencillamente lo que no dicen (que está sin embargo ahí de alguna manera).

Primeramente, esa conciencia socioeducativa no parece apuntar en la gran mayoría de los casos a la existencia (o al desarrollo) de programas universitarios donde los contenidos humanísticos, filológicos y teatrales vayan unidos a la adquisición de competencias pedagógicas encaminadas al trabajo al que la gran mayoría se destina. ¿Se deja esto a la intuición de nuestros estudiantes? ¿A una formación complementaria desconectada, de la que en gran medida nos inhibimos? He ahí algunas preguntas que nuestra encuesta deja abiertas.

Tampoco apuntan significativamente las respuestas —repetimos, dentro de una conciencia de responsabilidad social, educativa y cultural muy clara y muy repetida— a experiencias en las que los departamentos universitarios responsables hayan establecido "cabezas de puente" en el medio escolar (en la modalidad de prácticas o de proyectos piloto) que permitan un contacto precoz de los estudiantes con el medio escolar, una revitalización de este medio y una retroalimentación del sistema universitario.

Y sin embargo hay conciencia de crisis —ya lo hemos apuntado—, hay conciencia de "hundimiento", porque Bolonia parece querer dar un hachazo más a las pocas ramas que los estudios teatrales áureos conservan en Europa y porque los nuevos planes de estudios secundarios no parecen presentar mejores signos. Y hay conciencia —esto es lo que nos parece más positivo— de que los estudios teatrales áureos "tienen un papel que representar en la película".

Entre lo dicho, lo redicho y lo no dicho, un profundo agradecimiento a todas las personas que tan amablemente han contestado a nuestras preguntas y una invitación abierta a continuar esta discusión utilizando como vehículo el blog de reseñas de la revista.